Vengo de una época un poco diferente del gaming: la generación clásica de Tetris y Game Boy. En aquel entonces, los juegos estaban claramente limitados: se jugaba en sesiones, había un punto final natural y todo tenía una estructura definida. Esa forma de experiencia todavía influye en cómo veo los videojuegos hoy en día.
Los juegos modernos son muy diferentes. Muchos son sistemas abiertos, sin un final claro en el uso diario. En teoría puedes seguir jugando indefinidamente, y la estructura ya no la define el propio juego, sino más el jugador.
Por eso, para mí los videojuegos no son solo entretenimiento continuo, sino más bien espacios con distintos ritmos.
En juegos como Hitman, muchas veces me interesa menos la acción pura y más los momentos de calma entre misiones. Utilizo esas fases para tomar distancia, reflexionar y procesar lo que está ocurriendo. Para mí, esto crea una forma más consciente de manejar la presión y la concentración: observar, planificar y actuar.
Juegos muy intensos como Elden Ring son mentalmente estimulantes, pero personalmente pueden sentirse demasiado exigentes durante mucho tiempo. Prefiero los juegos que también dejan espacio para transiciones tranquilas y momentos de pausa.
En general, me interesa cómo las diferentes estructuras de los juegos influyen en la forma en que pensamos y sentimos: velocidad, control y calma como elementos que se equilibran entre sí.
Esto también se refleja en mi estilo de streaming: menos acción constante y alta intensidad, y más bien un ambiente relajado y reflexivo, donde el gameplay y los pensamientos pueden coexistir.